Hace seis meses, mi vida profesional era una línea recta y predecible. Hoy, es un torbellino de funciones, variables y commits en GitHub. Tomé una de las decisiones más aterradoras y, a la vez, más estimulantes de mi vida: dejarlo todo para matricularme en un Bootcamp de Programación de Software. Desde mi piso en Vigo, conectado a una clase virtual que se sentía más real que cualquier oficina en la que hubiera estado, me sumergí en una experiencia que solo puedo describir como una auténtica montaña rusa.
El primer día fue un shock. Olvídate de aprender a un ritmo académico pausado. Un bootcamp es como intentar beber de una boca de incendios. Por la mañana, absorbíamos una avalancha de conceptos de JavaScript; por la tarde, ya se esperaba que los aplicáramos en un pequeño proyecto. Recuerdo las primeras semanas de frustración, mirando la pantalla con el cerebro en blanco, sintiendo el peso del famoso «síndrome del impostor». Pensaba: «Todos lo entienden menos yo. ¿Qué hago aquí?». Las noches se llenaban de tutoriales extra y de releer la documentación, con el eco de la voz del instructor repitiendo: «Confíen en el proceso».
Y, de repente, un día, algo hizo «clic». Fue mientras trabajaba en un ejercicio sobre APIs para mostrar datos en una web. Después de horas de errores y código que no funcionaba, la información correcta apareció en la pantalla. Esa pequeña victoria se sintió como ganar un campeonato. A partir de ahí, los «clics» empezaron a ser más frecuentes. Lo que antes era un galimatías de símbolos, ahora empezaba a tener lógica, a convertirse en un lenguaje con el que podía construir cosas.
Lo más valioso, sin embargo, no fue solo el conocimiento técnico. Fue la comunidad. Mis compañeros de bootcamp, cada uno desde su rincón del país, se convirtieron en mi equipo de apoyo. Nos pasábamos fragmentos de código por Slack a altas horas de la madrugada, celebrábamos los éxitos ajenos como si fueran propios y nos desahogábamos en los momentos de agobio. Juntos construimos nuestro primer proyecto en grupo, una aplicación web completa. Verla funcionar, sabiendo que era el resultado de semanas de esfuerzo colectivo, fue la confirmación de que había tomado la decisión correcta.
Ahora, a punto de terminar, el miedo ha sido reemplazado por una sensación de empoderamiento. No soy un experto, soy un desarrollador junior con un hambre inmensa por seguir aprendiendo. Este bootcamp no solo me ha enseñado a programar; me ha enseñado a aprender a una velocidad que no creía posible. Ha demolido mi antigua carrera para construir una nueva, línea a línea de código.