Hay días en los que el peso de lo digital se vuelve casi físico. Cuando pasas la semana entera entre auditorías SEO, configurando complejas arquitecturas web y gestionando las estrategias de la agencia, el cerebro acaba pidiendo una tregua a gritos. Necesitas apagar los monitores, silenciar las notificaciones y buscar un horizonte que no esté delimitado por los marcos de una pantalla. Para mí, esa vía de escape tiene un nombre claro y una ruta inmejorable: zarpar en barco islas cies desde baiona.
Aunque desde mi piso en Vigo tengo la estación marítima a un paso, conducir hasta Baiona para tomar el barco tiene un encanto particular. Es un pequeño ritual de transición. Dejas atrás el pulso acelerado e industrial de la ciudad y te adentras en esa villa marinera de ritmo pausado, custodiada por la imponente fortaleza de Monterreal. Caminar por el paseo de madera temprano por la mañana, con el olor a salitre impregnando el aire y el tintineo de los mástiles de los veleros como única banda sonora, es el preámbulo perfecto. Cuando finalmente pisas la cubierta y el catamarán suelta amarras, sientes que, con cada metro que te alejas de la costa, también se van quedando en tierra las urgencias de los clientes.
La travesía desde la bahía baionesa es, probablemente, la más espectacular. Al dejar atrás la protección del rompeolas, el barco se asoma casi de inmediato a la inmensidad abierta del océano Atlántico. El viento frío te golpea la cara con esa fuerza indomable tan gallega, despejándote la mente de un solo plumazo. Me gusta quedarme en la cubierta exterior, apoyado en la barandilla, observando cómo la silueta agreste del archipiélago va creciendo en el horizonte. Es fascinante cómo la naturaleza tiene la capacidad de reubicar nuestras prioridades; frente a la inmensidad de ese mar azul oscuro, cualquier problema de código o caída en los rankings de búsqueda se vuelve completamente insignificante.
A medida que la embarcación se aproxima, la dureza rocosa de la vertiente oeste deja paso a la belleza serena de la cara este. Ver aparecer la medialuna perfecta de la playa de Rodas, con su arena finísima y sus aguas de un turquesa que parece irreal, nunca deja de sobrecogerme, por muchas veces que haga este trayecto. El sonido de los motores disminuye, el barco se desliza con suavidad hacia el muelle y, de repente, el tiempo parece suspenderse.
Poner un pie en las Cíes es confirmar que el viaje, una vez más, ha cumplido su propósito. No hay coches, ni prisas, ni el ruido constante del asfalto. Es un entorno protegido que te obliga a bajar las revoluciones y a caminar al ritmo que marca la naturaleza. Por la tarde, cuando emprendo el camino inverso y veo las islas empequeñecerse en la estela de espuma del barco de vuelta a Baiona, el cansancio físico en las piernas es notable, pero mi sistema interno está completamente reseteado. En nuestra rutina hiperconectada, saber que tenemos este anclaje a la realidad a tan solo un breve trayecto por mar es nuestro mayor privilegio.